Una línea hecha al caminar
En 1967 Richard Long dibujo una línea en el paisaje al caminar. Su andar, de ida y vuelta, aplanó las plantas que crecían. La obra se llama Una línea hecha al caminar. La historia del arte ubica a Long en la corriente del Land Art, ese movimiento artístico que buscaba crear obras directamente en el paisaje, modificarlo, esculpirlo, reacomodarlo. Dibujar una línea al caminar es un performance, un proceso, una pieza situacional.
Lo es también recorrer una cordillera. Atravesar una montaña es inspiración para crear, sí, pero caminar también para seguir esculpiendo un camino, para que una línea permanezca, para mirar y encontrar en el paisaje eso a lo que aspira la escultura.
Bajar una cordillera
El sábado 15 de noviembre del 2025 Ángela Holguín, escultora, Ana Clara Muro, poeta, Judith Luna, bióloga y un grupo extenso de amigos en donde yo figuraba recorrimos casi 17 kilómetros entre el mirador de Cuatro Palos (2700 msnm) en Pinal de Amoles y la Misión de Bucareli (1074 msnm). El descenso de 1.7 kilómetros se extiende a través de 7 horas de recorrer y rodear las montañas por sus laderas. Hacerlo expone al sol, al polvo y a una tensión muscular que permanece durante la mayor parte del trayecto. Es necesario inclinar el cuerpo para asegurar el equilibrio, regular los músculos para atenuar el impacto de los pasos de bajada en las articulaciones, atender con los ojos y los pies las texturas para adivinar una superficie no siempre firme al tiempo que los sentidos están completamente estimulados por los sonidos sutiles del viento y las voces, los cambios de temperatura cuando hay sombra o sol, los ecos de las cuencas que se formas por la accidentada orografía.
No era la primera vez que recorría este trayecto pero esta vez, invitada por Ángela como parte de su proyecto, me preguntaba todo el tiempo cómo un recorrido así podría inspirar a la escultura, a la escultora. ¿Cómo mi presencia ahí podría aportar algo para este arranque de proyecto? Ángela nos pedía algunas fotos, grabar audios… qué más podría aportar, ¿cómo una experiencia así puede inspirar?
Lo primero que pensé era tal vez lo obvio. Entender el arte como una imitación de la naturaleza y entonces, el artista tendría que experimentar el ejercicio con atención extrema. Encontrar texturas y formas improbables y armónicas, tomar las combinaciones de colores que lo adverso de la naturaleza provoca, copiar. Puse atención entonces, tomé algunas fotos y recolecté un par de piedras. Tal vez aportarle a la artista mi atención era la forma de colaborar. Pero ¿era suficiente?
Luego pensé en la interacción. Hablar un poco, dar mi opinión. Ofrecer en el sitio, un punto de vista que le permitiera compartir atenciones, tener muchas miradas. Detenerse con más claridad a dibujar, a explorar, a imitar. Pero eso me incomodaba.
Los días pasaron y el cuerpo dejó de doler. Y en ese espacio pensé entender la experiencia solo como inspiración se aproximaba a entender el arte de manera muy corta. El arte, más allá de imitar a la realidad, la completa (Aristóteles), la hace visible (Klee) la modela (Brecht) o la reordena (Achebe). El arte es lo que hace el artista, siempre y cuando lo haga con conciencia (Beuys) y así, en un proyecto como este, haber caminado más allá de lograr o no un resultado, un excedente, una concreción ya ha sido un acto artístico, un acto escultórico.
Escultura en el campo expandido
Rosalind Krauss, frente a la crisis de definición que ha trajo la contemporaneidad al arte, buscaba en su artículo La escultura en el campo expandido definir qué es la escultura, y aunque en lugar de rellenar una definición en realidad termina por delimitar un perímetro: la escultura no es paisaje, no es arquitectura, no es monumento, no es señalización sí nos da algunas claves para esbozar una definición de lo escultórico. La escultura es objeto, es textura, es escala y es volumen. La escultura se crea por adición, por sustracción, como se escribe, como se pinta.
Objeto
Las montañas, esas montañas, fueron esculpidas en principio por el mar. Sedimentadas, capa tras capa y luego erosionadas primero por al agua, ahora por el aire, exhiben formas no uniformes, difíciles de sistematizar. Algunas adiciones volcánicas, otras vegetales. Las montañas como las esculturas son añadiduras y tallados, sumas y demoliciones. Recorrerlas las esculpe, igual que la mano ajena esculpe nuestras formas al rozarlas.
Textura
Es necesario mirar hacia abajo casi todo el tiempo. Las piedras no están fijas en un camino escarpado que desciende. Sin concentración en el lugar donde se pisa hay riesgo de resbalarse, de doblarse. Así, las horas transcurren, sobre todo, mirando piedras. Piedras grises, talqueadas y sueltas, piedras laja, afiladas y quebradizas, piedras adosadas al abrigo de la montaña, con musgos y líquenes coloridos que extienden la gama que se mira. En esa especie de meditación que avanza atraen sobre todo los acabados: estriados y horizontales, mosaicos deformes de texturas doradas, superficies arrugadas que con las sombras formas patrones. Ahí emergen combinaciones extravagantes entre las escalas de gris, café y rojos diversos que se pintan y oscurecen según la posición del sol. Sorprenden las flores pequeñísimas que insisten en aparecer en sitios improbables y se cuelan en la monotonía de los pasos con esas extrañas sonrisas que dibujan con sus pétalos disparejos.
Escala
La escala de las montañas es completamente distinta a la del cuerpo humano. La presencia de los seres vivos que las habitan y las recorren apenas se manifiesta cuando se multiplica. Una sola flor, un solo árbol, un solo pájaro, un solo humano ni siquiera alcanza a distinguirse si se le quiere abarcar de una sola mirada. Recorrerlas proporciona, reacomoda el tamaño del mundo y las referencias de quien lo hace. Las montañas maestras, las montañas profesoras.
Volúmen
Para caminar las montañas es necesario rodearlas. Ninguna línea recta es útil ni segura entre ellas. El rodeo permite mirarlas de ángulos diversos, mirarlas con reflejos distintos y entender su dimensión. La montaña misma, como referencia, permite ubicarte y sus generosas formas dejan adivinar lo que viene. Caminar una montaña es caminar una escultura.
Ecomorfosis
¿Cómo transformar entonces un acto performático en una escultura? ¿Cómo dotar a una pieza de la textura, el roce, la escala y el volumen que expresen la experiencia de recorrer un territorio?
Ángela ha elegido una metáfora corporal para hacerlo. El cuerpo y su presencia en la montaña registran la experiencia para trasladarla a un objeto, un ensamblaje, en los términos de Bennet: agrupamientos ad hoc de objetos de elementos diversos de toda clase de materiales vibrantes. Confederaciones vivas, palpitantes que tienen la capacidad de funcionar a pesar de persistentes presencias de energías que la socavan desde dentro…[en él] cada miembro actante conserva un pulso energético ligeramente desconectado del pulso del ensamblaje…una suma no totalizable. (Bennet, 2022,75)
Así, sus ensamblajes de cerámica y otros materiales encontrados más allá de sus formas, comunican en un lenguaje mudo, pero expresivo, son presencias vivas, representaciones conmemorativas de una experiencia, monumentos nómadas y sin referencia que celebran el hito del movimiento, del recorrido, de la experiencia conectada a la naturaleza, de la peregrinación. ¿Y sus formas? Partes del cuerpo, tal vez, las herramientas que la artista, en su trayecto, ha usado para comprender, experimentar y guardarse el paisaje dentro.