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In Vino Veritas

Cuando una escultura se levanta suele marcar un alto en el camino. El viajero llega a un lugar imaginado por otro y respira el mismo aire que circula en los sueños. Este nuevo espacio, este tótem a mitad de ruta, invita a sentir, a observar y a reconocer los efectos y las sensaciones de nuestra propia travesía. Si la mirada pasea para recrearse en la monumentalidad, en los reflejos de la luz y en el movimiento de las figuras, es solo para volver sobre sí misma y experimentar cómo se agita nuestro interior.

Con esta pieza el trabajo artístico de Angella Holguín alcanza un rellano desde donde es posible contemplar la panorámica de creaciones que ha desarrollado durante una década. El enorme desafío que representa esta obra se sostiene en la trayectoria de alguien que se ha entregado en cuerpo y alma para domeñar la piedra y los metales. Sus proporciones son otra prueba más de la contundencia con las que la inteligencia, la poesía y el ideal se imponen -cuando hay valor- a los obstáculos de una sociedad en la que se privilegian los bienes utilitarios. Solo una artista con grandes cantidades de temple, tesón y coraje podía responder así -con tanta alegría y vivacidad- a semejante reto.

El proverbio latino In Vino Veritas, atribuido a Plinio el Viejo, se abre aquí con la potencia de la voz oracular: el vino deviene en metáfora de la consciencia, en símbolo de la embriaguez existencial. La alegría de vivir brota como un torrente de espumas que trae consigo los aprendizajes y los recuerdos del viaje. La cantera y el acero sintetizan la identidad de un territorio que no cesa de transformarse, y que -oxigenado por los vientos del valle- renueva sus colores al comulgar en armonía con el trabajo de los hombres.

Quien se detenga al pie de esta escultura está invitado a probar y a evocar las efervescencias del cambio. Aquí se reúnen la uva, el vino y la luz. El paisaje muda su rostro y acoge un símbolo que lo cifra y lo desdobla; el viajero -si presta atención- sabrá que su parada no es casualidad y que es la misma vida quien lo llama a detenerse. Tras descansar de las fatigas del camino es probable que vea el horizonte con ojos renovados, y quizá eche andar sin prisas, confiado en los vientos del porvenir.

 

José Manuel Velasco