Se me cayeron las uñas de los pies. Se me cayeron las uñas de los pies en medio de un ataque de migraña. Estos dos eventos no están de ninguna manera relacionados, al contrario, uno se contrapone al otro. Dos extremos de mi cuerpo que se manifiestan de distintas formas. La migraña me viene, en parte, de casi no tener actividad física en los últimos meses, de olvidarme de que el cuerpo es importante, de dar por sentado su funcionamiento. La hipersensibilidad del sistema nervioso es un fenómeno inexplicable, pero existente. Está ahí, acechante, esperando el momento en que me sienta cómodamente desvinculada de la existencia corporal; el momento en que deje de ver el cuerpo como un complejo mecanismo que está vivo, que reacciona ante las circunstancias, las emociones, el clima y, sobre todo, el abandono. El abandono de una misma porque la vida exige demasiado. La vida actual, sabemos, aunque sea un cliché, demanda toda nuestra atención, toda, cada segundo, cada instante, porque algo podemos perdernos si por casualidad decidimos, por un momento, cerrar los ojos y concentrarnos en nuestra respiración.
La certeza de que tenemos un cuerpo, de que somos un cuerpo, viene precisamente de los momentos en los cuales podemos sentirlo, porque nos duele o porque sentimos placer. Y es justo en esos momentos cuando podemos replantearnos cómo existimos en el mundo, qué estamos haciendo con ese cuerpo que cambia, que envejece, que se enferma, que abraza, que siente el aire.
Se me cayeron las uñas de los pies después de haber estado amoratadas por meses. Se me cayeron las uñas de los pies porque caminé por horas en un páramo desierto hacia una meta confusa. Miento.
No era un páramo desierto, era un camino habitado por plantas cuya clasificación desconocía, por animales escurridizos y flores insospechadas. Como especie, tenemos la mala costumbre de asumir que si no hay personas no hay nada, civilización contra barbarie. Las personas no somos la medida de las cosas. Y, sin embargo, sabemos que somos la causa de la extinción de muchas otras especies. Somos la causa de la muerte y la destrucción generalizadas a lo largo de casi todos los territorios de este planeta. Lo sabemos y no tenemos ni idea de cómo detenerlo, lo sabemos y no queremos verlo. Por lo menos no en nuestra vida diaria. Olvidamos la materialidad del mundo tanto como olvidamos la materialidad de nuestro cuerpo. Todo esto ya lo sabemos, lo hemos sabido siempre, lo repetimos una y otra y otra vez durante nuestras vidas. Y sin embargo, no lo repetimos lo suficiente.
Es sorprendente la facilidad con la que olvidamos que nuestro cuerpo está ahí, que las células se están regenerando, que la sangre corre por nuestras extremidades, que los músculos se estiran o se contraen, que el oxígeno entra en nuestro cuerpo y sale convertido en otra cosa. Olvidamos respirar. Aunque nunca dejamos de hacerlo, de todas maneras necesitamos que nos lo recuerden. Es obvio y enfadoso que lo digan cuando algo te duele o estás teniendo un ataque de ansiedad. Es obvio, pero fascinante cuando logras entender la importancia de hacerlo, no entenderlo sino sentirlo, entenderlo en el cuerpo, entenderlo como una sensación incomprensible.
Sabemos que hacerlo con consciencia cambia todo. Sabemos que hacerlo en un entorno natural no sólo no proporciona un placer mucho más grande, sino que resulta más sano, y no sólo desde un punto de vista espiritual, sino desde una mirada científica (no porque estas se contradigan). El simple acto de respirar, inhalar-exhalar, implica una comunicación con el entorno, un intercambio de bacterias, de químicos, de alimentación que entra y sale. Desespués de respirar nada queda igual. Somos un factor de cambio aunque no hagamos absolutamente nada más que estar vivos.
Pero ¿qué pasa si existimos en un entorno concreto, nos comunicamos con un entorno concreto y nos relacionamos con un entorno concreto?
¿Qué sucede entonces cuando caminamos por un páramo desierto, aparentemente desierto, desierto, pero lleno de vida? ¿Qué sucede en el cuerpo? ¿Qué sucede en el entorno? ¿Qué sucede con los seres alrededor? ¿Qué pasa en ese intercambio? ¿Qué se transforma?
Angella me invitó a hacer una caminata por la Sierra Gorda de Querétaro. Yo estaba muy saturada de trabajo y de pendientes y no lo pensé demasiado. Me encanta la sierra, cualquier pretexto para ir me parece bueno. Pero no hice preguntas, no me preparé. Definitivamente, no estaba lista cuando llegó el día. No tenía realmente consciencia de que estaba haciendo, hacia dónde estaba yendo, cómo y por qué. Las preguntas que siempre son fundamentales y, por lo menos a mí, muy seguido se me escapan. Caminé por horas en un páramo, no desierto sino lleno de vida, con una tote bag al hombro, el epítome de la ridiculez.
Se te van a caer las uñas, me dijo Domingo, con la certeza del caminador experto. Me lo dijo después de unas horas de ir bajando. Efectivamente, me dolían los pies, sobre todo los dedos, esa parte que choca contra la punta del tenis. Pero no le creí, no pensé que fuera para tanto, pero tengo esa mala costumbre de no dimensionar ciertas cosas, de no entender la realidad de las consecuencias. Como si el cuerpo no fuera real, como si todo lo que hacemos con el cuerpo no tuviera consecuencias.
Tuvimos una conversación larga sobre la migraña. Hay una intimidad que no pueden entender los que no la viven entre las personas que la sufrimos. Cuando alguien sabe como tú lo real que es este padecimiento, que no es propiamente una enfermedad pero que puede ser incapacitante, es imposible no sentir alivio. Es difícil transitar este dolor sin la certeza de que alguien entiende, cuando las miradas acusadoras o angustiadas te miran tomar una pastilla. Cuando no puedes explicar que no puedes, que simplemente no puedes, que no es tan grave, pero sí es grave. Que pudiste quizá (nunca hay certeza) evitarlo, pero no lograste.
No sólo eso, algo sucede también en las conversaciones que se tienen al caminar. Sobre todo cuando caminas sin la prisa de llegar a algún lugar, cuando la caminata no es el medio sino el fin. Una intimidad que se encuentra en medio de la nada cuando puedes dejar tu mente volando sin que tenga que aterrizarse en algún lado. Me sorprendió la certeza con la que Domingo enunció la sentencia, me sorprendió también cómo hablaba de su cuerpo: como una persona que lo escucha y lo observa, que le presta atención porque tiene conciencia de que existe. Me sorprendió que esta no fue la única conversación sobre el cuerpo, sino que la caminata estuvo plagada de éstas. El cuerpo humano fue una de las conversaciones más constantes durante ese día. También después, cuando hablé con Angella sobre la caminata y otros temas, sobre cómo la intimidad se cuela entre los procesos creativos, y cómo el cuerpo también tiene un proceso comunicativo con estos procesos; nos encontramos de pronto haciendo conciencia sobre el obvio hecho de que tenemos un cuerpo, de que sin éste no podríamos conversar, escribir, hacer esculturas, imaginar proyectos, caminar. El cuerpo y cómo se relaciona con otros cuerpos, humanos y no humanos, es una obviedad que damos por sentado, que seguimos olvidando. Pero que, de manera imprescindible, debemos cuidar y alimentar para poder existir. Pues aunque hable del cuerpo en tercera persona, la realidad es que somos nuestro cuerpo, maltratarlo significa maltratarnos a nosotres mismes, así como descuidar al entorno que nos rodea, significa descuidar nuestro entorno.
Yo realmente no entiendo la escultura. O la entiendo sin entenderla como entiendo muchas obras artísticas. Sus parámetros y sus procedimientos me son incomprensibles. Sin embargo, entiendo un poco de procesos, de cómo el pensamiento se materializa en una obra, de cómo esa obra es lo que es materialmente, pero también es otra cosa, también es todas esas cosas que reflejamos simbólica e imaginariamente. Así, puedo entender cómo hay una relación directa entre las uñas que se caen y las esculturas que nos rodean en este momento, es la materia transformada por un proceso corporal, emocional e, incluso, intelectual. Las uñas caídas son la certeza de que un cuerpo, la certeza que me llegó cuando sentí hambre, sed, dolor en las piernas y una profunda felicidad que no puede explicarse de caminar en un páramo aparentemente desierto, pero lleno de vida.
La escultura crea cuerpos, cuerpos materiales en los que nos reflejamos símbolica e imaginariamente. Cuerpos, podríamos decir, sin vida. ¿Pero qué es el arte sino esa vida que le imprimimos a los objetos?, ¿qué es el arte sino ese impulso natural de comunicación? Somos ese proceso a través del cual creamos, así como somos ese proceso que es la vida en el nuestro cuerpo está muriendo todos los días y está viviendo todos los días. No entiendo la escultura, pero la disfruto, algo me dice aunque no hable su lenguaje, algo respondo, algo pasa en el entorno simplemente por la proximidad con el objeto que permite un intercambio. El proceso creativo de Angella tiene algo ver con esa caminata, todos los procesos creativos tienen que ver con alguna caminata.